El Astronauta del Casar de Cáceres


En la cara exterior de uno de los muros del cementerio de Casar de Cáceres permaneció asida durante años como testigo de un lejano tiempo y, tal vez, una lejana procedencia. La inquietante figura grabada en granito parecía resignada a ocupar, día y noche, tan taciturno emplazamiento, hasta que no poco tiempo después de ser rescatada fue alojada en una de las salas del Museo Arqueológico de Cáceres.


                                                        
Para muchos estudiosos representa a un guerrero. El fiel centinela de las almas de quienes, a sus espaldas, dormían ya el sueño eterno. Sin embargo, nadie es ajeno a que la imagen de este “astronauta”, por el que también se conoce a esta estela funeraria, guarda evidentes rasgos que no encajan con los parámetros establecidos para el estudio de otras piezas arqueológicas de la misma familia.

La enigmática estela de Casar de Cáceres, con más de dos mil años de antigüedad, representa en bajorrelieve la figura antropomorfa de un ser de cabeza ovalada desmedida, o es que tal vez se trate de un casco, de ojos achinados, una desconcertante sonrisa, hombros elevados, un calzado que a todos recuerda las gruesas botas utilizadas por los cosmonautas y unas desafiantes inscripciones en su cuerpo completan la imagen de este personaje que a todos inquieta, es “El astronauta del Casar”.

Para arqueólogos e investigadores esta figura antropomorfa sigue siendo un reto. Está considerada como una pieza muy extraña. Algunos de estos estudiosos difieren en considerarla obra de romanos o celtíberos, como apoyaban otros colegas. Las estelas funerarias de esas culturas intentaban reflejar a sus retratados lo más fielmente posible. Además, no eran representaciones de cuerpo entero, ni ofrecían figuras dotadas con abultados cráneos de enigmáticas sonrisas y ojos orientales. Y, por supuesto, sus personajes nunca llevaron enfundadas aquellas gruesas botas. Pero resultaba más determinante, si cabe, que las estelas conocidas hasta ese momento no poseyeran, ninguna, inscripciones del calibre de la leyenda indescifrable (o no) hallada en el cuerpo de “El astronauta del Casar”.

Precisamente estas particularidades en la singular estela de Casar de Cáceres han sido las que han suscitado las controversias entre los estudiosos a la hora de datarla. Algunos piensan que su clasificación podría fecharse en el siglo II antes de Cristo, mientras que para otros estaría situada en la segunda mitad del siglo I después de Cristo. Uno de los estudiosos que, en su día, apostó por estas conclusiones fue el profesor de epigrafía del Seminario Mayor de Cáceres, Ricardo Hurtado de San Antonio*. El autor del Corpus de Inscripciones Latinas cuenta en su obra cómo estando documentado su tesis en la rama de Historia se encontró con un material apasionante. La noticia que le llegó a través de un casareño suscitó un profundo interés en don Ricardo Hurtado. En Casar de Cáceres existía una piedra “con una figura que parece un extraterrestre”. Estas eran las palabras que de manera textual había recibido el profesor y que sirvieron para que éste pudiera contemplar, como pocos investigadores lo harían, la aludida estela.

Hurtado de San Antonio destacó el perfecto estado de conservación que, milagrosamente, ofrecía la estela, intacta, a pesar de haber estado expuesta, desde siempre, a los agentes meteorológicos. La definió como “una estela antropomórfica de granito gris que representa, simétricamente enmarcada, una extraña figura humana, desnuda, frontal, de cabeza abombada, ojos orientales sonrientes, largo cuello, hombros levantados, brazos pegados al cuerpo, piernas desproporcionadas y musculosas, y pies calzados con unas gruesas botas. La figura es frontal, excepto las piernas y pies que están de perfil”.

Por otro lado, hay que comentar que figuras parecidas, que se caracterizaban principalmente por la forma de la cabeza, con lo que podría ser un casco o birrete, como se muestra en las imágenes, se tallaron en más lugares de Europa y en distintas épocas.




De la misma forma  hay que observar también las similitudes asombrosas que existen entre “El Astronauta” extremeño y el existente en la Pampa Colorada de Nazca, en Perú.


Una zona donde se divisan gigantescas figuras y pistas kilométricas trazadas, hace más de 2500 años, para ser vistas únicamente desde las alturas. Entre esas impresionantes representaciones existe una con 80 metros de longitud, “casualmente” conocida como “El Astronauta”. El retrato sobre la montaña ofrece la imagen de un ser antropomorfo que parece tocado con algo parecido a una escafandra. Su vestimenta recuerda a la de un mono enterizo, ceñido, y por calzado algo parecido a gruesas y altas botas. ¿Fueron semejantes los personajes representados en ambos enclaves? ¿Es casual la motivación que parece existir tras sendas plasmaciones: luz, deidad y altura?

A decir verdad, el origen y la conexión entre todas ellas no parece estar muy claro. De hecho, hay que exponer que esta peculiar epigrafía, hallada en Casar de Cáceres, sólo tenga un referente en otra población también cacereña, Arroyo de la Luz. lugar donde existe la leyenda acerca de apariciones de entidades divinas en 1134. Del mismo modo, la conexión entre las dos poblaciones nombradas viene dada por los numerosos casos registrados de gentes que se han encontrado con extraños seres humanoides o con misteriosas luces. El imaginario triángulo formado por las poblaciones de Arroyo de la Luz, Casar de Cáceres y Malpartida de Cáceres, todas ellas con importantes conjuntos funerarios del pasado, guarda historias de extraordinarios encuentros con lo inexplicable. Extraordinarias luminarias; grandes maquinarias que se posan sobre los terrenos y, misteriosamente, secan sus lagunas; tensas persecuciones a automovilistas, en medio de la noche, por parte de extraños objetos voladores; o las apariciones de seres enlutados, levitando a escasos centímetros de la calzada, ante la mirada absorta de noctámbulos conductores. Algo, por otra parte, que parece repetirse en la casuística ufológica.
Sus protagonistas tienen nombres y apellidos y, en los días en que vivieron tan extraordinarias experiencias, ostentaban profesiones de lo más diverso. Ganaderos, constructores, estudiantes, empresarios o, como el protagonista de uno de los casos mencionados, oficial mecánico conductor de la Diputación Provincial de Cáceres, todos ellos, han sido testigos de lo insólito en un lugar marcado por lo mágico y lo ancestral. Dos elementos estos que pasan, en gran parte, por la presencia de una representación de algo o alguien desconocido.
Siempre dio la sensación de que esa figura estaba desubicada del verdadero sentido de su concepción. Puede que esos ojos achinados, inquietantes, hayan sido testigos fríos de alguna de esas situaciones extraordinarias ocurridas durante las noches en Casar de Cáceres. Hoy, la enigmática estampa del “Astronauta del Casar”, junto a otras estelas, mora en la sala nº 2 del Museo Provincial de Cáceres de Arqueología. Sin embargo, da la impresión de seguir siendo una intrusa. Su imagen, tan diferente a las demás, nos transmite la sensación de encontrarnos ante una pieza especial del pasado que no encaja en ninguno de los patrones que hemos construido para explicar la historia.

En cuanto a la críptica inscripción de la estela del Casar, el profesor de epigrafía apuntó que pudiera tratarse de una lengua indoeuropea céltica, lusitana o vetona, influida por corrientes íberas.
Esto es lo que dedujo San Antonio sobre estos grafismos, grabados en la célebre estela de dimensiones de 1’12 x 48 x 17 cms. Sin embargo, hay otras lecturas aunque difieren poco de la reflejada aquí.


En cualquier caso, ninguna de las versiones ofrecidas de la inscripción hasta el trabajo de San Antonio fue traducible. La única palabra que además de aparecer igual en los distintos estudios, parecía estar completa es la que aparece en la tercera línea: ILVCIA (ILUCIA). Para algunos, este término podría tener relación con algún tipo de divinidad pagana. Otras corrientes apuestan porque esta expresión provenga de la voz “Lux-Lucis” cuyo significado es luz. Una extraña inscripción y una no menos misteriosa figura antropomorfa confluyen en la singular estela de Casar de Cáceres. Y en este punto conecta otra perspectiva que se aleja de la disciplina más dogmática pero que a muchos les asalta con sólo contemplar la insólita efigie del Casar.
Sin embargo, la transcripción, que en un principio se presentó del todo imposible, así lo admitió el propio Ricardo Hurtado en su estudio: “Aunque nos encontramos ante letras latinas nos vemos imposibilitados de emplear los clichés de las transcripciones romanas a las letras de la estela que nos ocupa. Pudiéramos haber hecho combinaciones para que nos encajaran en alguna de las fórmulas, pero hubiera sido falseando la historia. Es una inscripción intraducible, tan sólo semejante a las existentes en Arroyo de la Luz” , en su obra “Las edades de Cáceres, el extraterrestre y otros relatos” (Padilla Libros, 2014) Hurtado de San Antonio parece haber hallado la clave:

«Después de muchos años de estudiar la estela y a la vista de los acontecimientos desarrollados, me atrevo a proponer la siguiente interpretación: 

Transcripción: l(n) D(ie) l(tineris)
M(ea) I(mago) M(anuerit)
ILUCIA
SP(onsa) M(ater) A(mantissima)
SUBDIE
C(entum) K(alendas ) A(ugusti)
S(ublevabit) N(avem)

Ordenación del texto y traducción: «A Ilucia, esposa, madre amantísima: en el día de la marcha, mi imagen permanecerá. Se elevó la nave en el día cien de las kalendas de agosto».

Nota: El día cien de las kalendas de agosto corresponde al día 8 de noviembre. 

La popularidad y concurrencia en su basílica campestre en el monte de las encinas del Casar perduró hasta el año 409, en que con motivo de la caída y destrucción por los vándalos y alanos del castro vetón, convertido en la colonia Norba Caesarina por los romanos, sus fervorosos devotos quisieron evitar su profanación y destrucción, enterrando su imagen al pie de una piedra de granito a escasa distancia de su santuario, cercándola de zarzas y esparragueras de punzantes espinas que la ocultaron más de 15 siglos. 

NOTA DEL AUTOR. La estela permaneció escondida hasta 1929, descubriéndola un labriego en su enterramiento cerca del viejo depósito de agua potable del Casar de Cáceres. Impactado el párroco, don Saturnino Martín Moreno, por su extravagante figura, mandó empotrada en el exterior de la tapia sur del cementerio, convirtiéndose en diana de las piedras que le tiraban los mozalbetes que se congregaban en aquel callejón y en icono benefactor para las viejas que se santiguaban al detenerse frente a él. 
A partir del verano de 1972 realicé numerosas fotografías in situ y la estudié concienzudamente preparando el Corpus Provincial de Inscripciones Latinas (1977), y conseguí que el cura párroco, don José Paniagua Cotrina, autorizara su traslado al Museo Provincial de Cáceres, asumiendo todos los trámites y gastos el entonces director del Museo y profesor de la Universidad de Extremadura, don José Luis Sánchez Abal. 




Con las reformas efectuadas en el edificio, la estela se desplazó al rincón de una sala de epigrafía romana, perdiendo su protagonismo y singularidad como pieza única y sorprendente por lo que no vería descartado que el Ayuntamiento del Casar la reclamara para ser exhibida en el Consistorio o Casa de la Cultura. De no ser posible, una réplica del original podría mostrarse en un lugar público del pueblo como orgullo de sus habitantes y admiración de los que se acerquen a contemplarla, porque nuestro anónimo Miguel Ángel, tuvo que observar muy de cerca y durante bastante tiempo el insólito modelo para poderlo esculpir con todo lujo de detalles en el duro granito, de lo contrario habría sido imposible no solo tallarlo, ni siquiera imaginarlo en una civilización tan remota y primitiva como la vetona, que a lo sumo que llegó fue a legamos los toscos verracos y las esquemáticas estelas decoradas guerreras y funerarias, lo que descarta totalmente su invención y confirma su autenticidad. 
La estela antropomorfa del Casar avala la tesis de que existen seres inteligentes fuera de nuestro planeta que nos visitan desde tiempo inmemorial, incluso antes de la aparición de la especie humana en la Tierra». 



* Conferenciante, arabista, investigador, historiador y polígrafo. Autor de numerosos artículos y de  los libros: Corpus provincial de inscripciones latinas de Cáceres (1977); El Monasterio San Francisco de Cáceres. Historia Y Arte (1981); El Monasterio San Francisco el Real de Cáceres (1993); Personajes para la Historia de Cáceres Semblanzas Y memorias (1997); La población hispano-romana en la provincia de Cáceres (1998); Visiones de Extremadura (1999); El poblamiento hispano-romano en la provincia de Cáceres (2000); Personajes para la Historia de Cáceres, JJ (2001); Extremadura: Ensayo sobre su identidad (2002); Cáceres, historia Y leyendas (2003); Cáceres, la seducción de un rey (2005); Francisco de Godoy (2007); Cáceres durante el franquismo (2009); Leyendas del Monasterio San Francisco de Cáceres (2011), y el presente, que escenifica los principales acontecimientos de las Edades de Cáceres, a las que se une «El Extraterrestre», relato sobre la enigmática estela antropomorfa del Casar, que ofrece cumplidos argumentos a los seguidores y amantes de la ufología y descubre la presencia entre nosotros de alienígenas benefactores. 
Es, sin duda alguna, el historiador y escritor que más ha publicado sobre la ciudad de Cáceres. 


NOTA: Trabajo realizado con la inestimable colaboración del periodista, investigador y amigo 
            Gonzalo Pérez Sarró.