Enigmas del cristianismo: Titulus Crucis



Las reliquias siempre han desempeñado un papel importante en la religión. Más de una parte del cuerpo o un trozo de tela manchado, fueron elementos que se convirtieron en la encarnación física de la obra de Dios en la Tierra. Muchas iglesias durante la Edad Media obtuvieron provecho de esta publicidad y crearon sus propias reliquias religiosas. Salvo honrosas excepciones las reliquias suelen ser enteramente falsas. Sólo con las espinas de la corona con la que Jesús de Nazaret fue coronado, si se juntaran serían suficientes para poblar un bosque. Con los restos de madera de la cruz en donde Jesús fue crucificado, y que según la tradición son auténticos, podría reconstruirse la Armada Invencible, o la cabeza de Juan el Bautista, existían más de siete...
En esta ocasión voy a ocuparme de otra de las reliquias del cristianismo: el Titulus Crucis, el mismo panel de madera con el cual, según los evangelios, fue coronada la cruz en la que fue crucificado el personaje más célebre y fascinante de la historia, conocido popularmente como INRI.


La reliquia se encuentra en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma (antiguo palacio de la emperatriz Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino). Según la tradición, que data de 1140, es la mitad del título de la cruz y parte de la misma.
Durante años, se convirtió en objeto de culto y en fuente de milagros. Quien lo tocaba -decía la tradición- sanaba de sus enfermedades.
Del mismo modo en que la leyenda creció, un buen día quedaría enterrada entre los recuerdos por los siglos de los siglos. Había una explicación para el olvido, y ésa no es otra más que el hecho de que la tabla del INRI, con objeto de ser protegida de un posible expolio, fue escondida a cal y canto, tanto que nadie recordaba cuál fue el refugio donde fue ocultada.
Afortunadamente, durante la restauración de la basílica de Roma, el objeto reapareció. Corría el año 1492. Desde entonces, ya no volvería a perderse de vista.
La tablilla, de 700 gramos de peso, mide 25 centímetros de longitud y 14 de ancho. Actualmente está protegida dentro de un relicario de oro. A duras penas, aún puede leerse la inscripción que contiene, con la expresión completa del INRI en las tres lenguas más importantes del siglo I: Hebreo, griego y latín.


Historicidad

Según las primeras versiones, en el año 331 el obispo de Jerusalén comunica al emperador el hallazgo de un conglomerado de cruces del siglo I que se encontraba en las proximidades de la ciudad santa. Entre ellas, apareció un trozo de madera que se encuentra unido a un stipe, que es el travesaño vertical de las cruces destinadas al suplicio de la crucifixión. En ese "panel" apareció un extraño escrito. Para extraerlo del madero, la propia Helena decide partir en dos la tabla. Uno de los trozos acabó perdiéndose, el otro viajó hasta Roma.
El experto Michael Hesemann, según un estudio realizado en 1997, afirma que esta reliquia podría ser verdadera.


      Hesemann presentó en 1998 al Papa Juan Pablo II su informe sobre el Titulus Crucis

Hesemann presentó la inscripción del Título a siete expertos paleografía hebrea, griega y latina:

Doctor Gabriel Barkay, de la Autoridad de antigüedades de Israel, quien relativizó el valor del examen paleográfico, y sus aportes fueron que la escritura evidenciaba una mano inexperta, que parecía no provenir de Palestina. Sin lugar a dudas una escritura antigua, anterior al medioevo. Una línea le parecía que podría ser paleohebreo, es decir utilización de caracteres de la antigua escritura hebrea durante el período del segundo templo (y hasta fines del siglo II).
Profesores Hanan y Ester Eshel de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quienes contradijeron a Barkay. No sería paleohebreo sino escritura hebrea cursiva, que duró hasta el siglo IV. De todos modos remarcaban que era poco lo que se podía concluir porque no se disponía de bastantes elementos en el Titulus y porque no hay muchas inscripciones datadas de ese período. El arco de posibilidades abarca del siglo I al IV.
Doctora Leah Di Segni, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, especialista en paleografía griega (cuyos caracteres son más claros en el Titulus). Su análisis en base al monograma ómicron-ypsilon nos da una amplitud de fecha que va del siglo I al V, es decir que podría tanto ser una reliquia auténtica como una imitación bizantina. Pero a pesar de afirmar que no creía en “la leyenda de la Vera Cruz” le parecía una inscripción del primer período romano, es decir del siglo I d.C.
Profesores Israel Roll y Benjamin Isaac de la Universidad de Tel Aviv. Impresionado por la seriedad del estudio de Hesemann el profesor Benjamin Isaac afirmaba que –según él– el juicio de la doctora Di Segni era el más relevante y compartía su opinión. Roll por su parte veía como un indicio de la autenticidad de la reliquia el hecho que la línea en griego no era una traducción del latín, a diferencia de la citación de San Juan 19,19. El hecho que se tratase solamente de una trascripción era más concorde con un documento oficial de un magistrado romano.
Profesor Carsten Peter Thiede, de Paderborn, Alemania, de la Universidad de Beer Sheva, Israel, el investigador alemán que estudió el papiro conservado en Inglaterra y que contiene escritura del Evangelio de Mateo y que dató en poco tiempo después de la muerte de Jesús.
Después de leer el informe de los expertos consultados alentaba a seguir las investigaciones. En un escrito en un periódico inglés hacía notar que una falsificación se hubiese atenido a los detalles que da Juan 19-19, en el Titulus se lee Nazarenous en vez del término correcto Nazoraios. Y por estilo caligráfico se podría datar en un arco de tiempo que va de los siglos I al IV: “Puede ser un arco de tiempo más bien largo, pero excluye una fabricación en época posterior a Helena. En efecto la hipótesis que este artefacto haya sido fabricado en Jerusalén para Helena es la única alternativa seria a la sorprendente posibilidad de la autenticidad. Pero la existencia en aquella época de numerosos manuscritos evangélicos que traían el texto de la inscripción con todas sus posibles variantes, ninguna de las cuales usada como modelo para quien escribió esta tabla, depone contra la hipótesis de la datación tardía… El que haya escrito el texto, no era un copista o un falsario”.

Hesemann llegó  entonces a la conclusión de que es muy posible que el Titulus Crucis sea de hecho una reliquia auténtica. Contrariamente, las características paleográficas del texto apuntan como fecha más probable al siglo I. Puesto que el texto hace referencia a un “J el Nazareno, rey de los judíos”, todo hace pensar que este trozo de madera se corresponde verdaderamente con el Titulus colocado en la cruz de Jesús de Nazaret.
Hesemann recuerda que las primeras narraciones de los peregrinos cristianos ya hacían mención al Titulus y que el conservado en la basílica romana es sólo la mitad del original. La parte derecha, que fue mencionada por varios testigos hasta el siglo VI d.C., como ya expuse anteriormente, habría desaparecido.
Hesemann publicó en el año 2000 el citado estudio, en su libro Titulus Crucis (Editorial San Paolo).


No obstante, a la vista de los resultados conseguidos por el equipo de paleógrafos dirigidos por Hesemann, el Vaticano autorizó  que se realizara en esta reliquia la prueba del carbono 14. La datación por este método se efectuó en la Universidad de Roma III. Según esta datación, este trozo de madera ha de fecharse entre el año 980 y el 1146. Por tanto el Titulus no puede ser auténtico: se trataría de una sofisticada falsificación.
Sin embargo, el resto de estudios a los que se ha sometido la reliquia parecen que concluyen en favor de su autenticidad. ¿Quién habría podido falsificar en los siglos X a XII esta inscripción, demostrando unos conocimientos de paleografía propios de nuestro tiempo?

En el año 2005 fue publicado el libro de la doctora de teología bíblica por la Universidad Pontifica Gregoriana Maria Luisa Rigato Il titolo della croce di Gesù (Editorial Pontificia de la Universidad Gregoriana, Roma).


En este libro la autora señala que este resultado no es la última palabra, puesto que la datación con C14 no ha funcionado siempre. Maria Luisa Rigato, en base a todo lo que argumenta en su libro, considera que el texto de la inscripción se corresponde con el del Titulus original de Pilatos. En el peor de los casos, según la autora, el Titulus de la Basílica sería una copia perfecta del Titulus original. Tal vez el Titulus original estaba tan deteriorado cuando se efectuaron las obras por el Cardenal Gerardo Caccianemici dall Orso (Papa Lucio II) a mediados del siglo XII, que éste decidió hacer una copia idéntica al original.


Por otra parte, la profesora Rigato indica que todo apunta a que, para facilitar la lectura del texto, se añadió un pigmento a la madera, cosa que podría explicar el error de la datación del carbono 14. En suma, la doctora Rigato concluye que la inscripción como tal tiene todas las apariencias de corresponderse fielmente al Titulus original de Pilatos.